Domingo, 02 de mayo de 2010

Los nueve libros de la memoria antigua.

 

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El pensador romano Cicerón dijo que el cario Herodoto de Halicarnaso era el padre de la historia griega. Las fronteras geográficas siempre han sido poco más que túmulos topográficos para los escritores antiguos. El conflictivo siglo XIX trajo consigo el fanatismo nacional, la demarcación de mapas y los litigios territoriales. La antigüedad desconocía estas obsesiones emblemáticas y casi todos, como Demóstenes, se declaraban “ciudadanos del mundo”.

Las guerras eran entre reyes, pocas veces entre pueblos.
En el ejército de Darío militaban arqueros griegos sin que ello sea denunciado como traición a la patria y otros epítetos retóricos; en el de Alejandro, asesores persas. El conocimiento era de todos; ningún maestro patentaba sus descubrimientos ya que la propiedad intelectual era un bien común.

Halicarnaso se encontraba entre la civilización de la Grecia y la del Oriente; en este cruce de influencias crecieron también Safo, Alceo y otros escritores pero sin duda Herodoto es quien más reconocimiento obtuvo ya desde los tiempos antiguos. Aristóteles lo cita, Plutarco lo cita y lo respeta. Focio, un poco más canónico, objeta que los nueve libros están tan infestados de mitos y leyendas que es difícil adjudicarles autoridad documental. Según Aulio Gelio, habría nacido hacia el año  490 al 484 A. de C. Viajó por Creta, Fenicia, Mesopotamia, Egipto, Tebas, Atenas, Libia y casi toda la Magna Grecia. Fue desterrado a la isla de Samos al participar en una conjura contra el tirano Lígdamis de Halicarnaso. Tucídides y Polibio corrieron igual suerte.

Los historiadores no parecen haber sido favoritos de los tiranos tal vez porque al cultivar la memoria, fomentan las conciencias que las dictaduras prefieren mantener dormidas. Hacia la 83º Olimpíada (484~464) los atenienses lo invitaron a leer públicamente su “Historia” lo que le mereció la ovación.  Luciano nos cuenta que el mismo público, exaltado de gratitud, bautizó a cada uno de los libros con el nombre de una musa. Tucídides, que por entonces era adolescente, lloró de emoción.
Extraños tiempos, en que los adolescentes se conmueven ante la belleza de la memoria humana.

En Atenas cultivó la amistad de Pericles y Sófocles. Falleció, según consenso general, en el verano del año 430. Dionisio de Halicarnaso, su compatriota, aseguró que Herodoto renunció a escribir la historia de un pueblo para reunir en un vasto conjunto todo lo que se conocía del pasado de Europa y Asia, griegos y bárbaros, ocurridos durante más de dos siglos. En vez de limitarse a seguir una sucesión de gobernantes, como Suetonio, Herodoto hizo de su “Historia” un apasionante relato que no excluye el pensamiento de sucesos mágicos y hasta fabulosos.

La geografía, las razas, las costumbres, las culturas y la política no lo dejaron indiferente. Modernos historiógrafos han tratado de reconstruir el aparente caos de digresiones que siembran la obra; más cerca de los contadores de relatos, aedos y rapsodas, cuya única pasión era el de mantener vivo el interés de sus oyentes. Por entonces “Historia” significaba simplemente investigación, con el tiempo el concepto se transformó en investigación del pasado de pueblos y civilizaciones.

No es difícil imaginar que Herodoto de Halicarnaso se mantenía atento a los relatos, indagaba a los viajeros, consultaba algunos escritos y con esta polifonía de versiones trataba de dar coherencia narrativa y no rigor documental a sus nueve musas. Poco después Tucídides se refiere a Herodoto como el logógrafo, el que escribe para entretener al público con palabras.

Sin embargo, el propio Herodoto declara en el proemio de sus “Nueve Libros” que su propósito es “exponer el resultado de las investigaciones de Herodoto de Halicarnaso para evitar que el tiempo, que todo lo destruye, borre de la memoria humana las singulares empresas realizadas por griegos y bárbaros, en especial el motivo de sus guerras”. Sin embargo su especial modo de interpolar digresiones fantásticas, como aquel relato de la hija de Keops internada como pupila de un lupanar para ayudar a su padre a construir la Gran Pirámide, imantó las críticas de Dionisio de Halicarnaso y Elio Arístides que lo acusaron de ser plagiador de Homero. Únicamente Aristóteles zanjó la cuestión sentenciando que entre Homero y Herodoto existía la misma distancia que entre la poesía la prosa: el relato de lo que podría ocurrir frente a lo que realmente ocurrió.

Es difícil determinar el hilo temático de una obra tan apasionante. Las Guerras Médicas indudablemente se destacan del fondo misceláneo; pero es precisamente este fondo el que les confiere un creciente interés. Algunos autores han preferido esquematizar la obra diciendo que los tres primeros libros, que incluimos en nuestra “Biblioteca”  se ocupan de Asia y Egipto durante los reinados de Ciro, Cambises y el ascenso incontenible de Darío, rey de reyes.
Los tres libros siguientes analizan la Grecia de los tiempos de Darío y los tres últimos, la guerra contra Jerjes. Si Herodoto, de frente a Oriente y Occidente quiso revelar sus semejanzas y contrastes, lo hizo utilizando tipos humanos y rituales sociales que apasionan y sorprenden al lector. Que una historia sea verídica muchas veces sacrifica el interés.

Que una literatura sea verídica ya no es una exigencia; la amabilidad de Herodoto pudo entregarnos algunas verdades de los tiempos antiguos sin perder de vista que narraba y el interés supremo del narrador es mantener el frágil equilibrio entre atención y fe.



Alejandro Maciel mayo 2010                                                  
            


Tags: Herodoto, Heródoto de Halicarnaso, Padre de Historia, Nueve Libros Historia, Alejandro Maciel

Publicado por talomac @ 20:49
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