Lunes, 27 de julio de 2009

LA   EDUCACIÓN  

SENTIMENTAL

 

No hace falta recordar que la educación está en crisis. Todo el edificio de ideas que diseñaron equipos de pedagogas y expertos en didáctica ha demostrado ser inhabitable; como los procesos se miden por sus resultados y la planificación educativa es un proceso, sus resultados son escasos, ergo: hay que reformar la reforma.

Cuando se evalúan los alcances de la educación siempre creemos que somos los únicos pobres afectados, algo no habremos hecho bien. Hace un año leímos casi con estupor que un 80% de los alumnos y alumnas que habían rendido el examen de ingreso en la Universidad Nacional de La Plata, fracasaron.

Los periódicos resaltaban el calibre de las preguntas básicas que los egresados de algún secundario (requisito previo para rendir el examen de ingreso universitario) respondían con total indigencia, falta de información, falta de razonamiento mínimo y nulo sentido común. Inmediatamente pensamos “claro, la educación es la cenicienta de la política, los recursos que se le destinan son miserables, ¿qué más podríamos esperar de sus resultados?” Pero cuando se empieza a tamizar esos resultados, vemos con más asombro que el rendimiento de los alumnos y alumnas egresados de colegios privados (donde, pago mediante, se asegura la provisión de los elementos mínimos para afianzar el proceso enseñanza/aprendizaje) era igual o menor al del alumnado público.

Seguimos pensando, “bueno, pero esto no sucede en los países desarrollados donde la educación se considera un bien tan básico como la salud o la alimentación”; pero vienen las estadísticas de Francia y España que si bien están lejos en cuanto al nivel de desarrollo integral, no están muy alejadas de las cifras de fracaso escolar que nos espantan en nuestras tierras. Entonces, la sensación de impotencia brilla como el sol de enero y no encontramos sitio donde refugiarnos.

Sin embargo, Japón sigue siendo el puntal, como en las Olimpíadas.

Creo, modestamente, que la clave está en el nivel secundario. Si egresáremos de la primaria sabiendo las cuatro operaciones básicas de las matemáticas, con buen dominio de lecto/escritura y conocimientos básicos de ética civil, historia y geografía estaríamos bien habilitados para entrar en el secundario con los requisitos básicos para entrenarnos en los fundamentos de las disciplinas que hacen al futuro académico del nivel superior. Es difícil enseñar a un niño de seis años las operaciones de abstracción que solicita, por ejemplo, el manejo de ecuaciones, cálculo diferencial, funciones gramaticales, y el valor de las instituciones sagradas que los seres humanos hemos conseguido mantener en alto para una convivencia sana y pacífica. ¿Cómo explicar a una niñita de 8 años lo que son la justicia, la democracia, la división de poderes, el golpe de Estado de Honduras?

Japón tiene alguna solución porque a fuerza de perseverar obsesivamente en

La formación humana, que consideran más sagrada que el sintoísmo, consiguió que los alumnos y alumnas del secundario pasasen no menos de 8 horas diarias en los colegios, frente a las cuatro horas en promedio que acostumbramos en estos husos horarios. Se puede objetar que esto trae otros problemas, pero nuestra cuestión ahora es ¿qué hacer con la educación? ¿cómo impedir que el ciclo secundario siga transformándose en 5 años perdidos? ¿por qué el fracaso mayor se da en este eslabón de la cadena educativa?

Tuve la oportunidad de dictar una cátedra en el primer ciclo de la carrera de psicología, en una materia que se llamaba Psicofisiología donde se fijaba como objetivo que los aprendices supiesen, al finalizar el semestre, las funciones integradas del Sistema Nervioso Central. El primer día de clases, luego de presentarme pregunté: ¿Qué es una célula?

La respuesta más aproximada que me dieron fue “algo que hay en el cuerpo”.

¿Cómo enseñar el funcionamiento del sistema nervioso si ni siquiera tenían una idea aproximada de anatomía, fisiología, citología y genética? Ahora bien, todos estos conceptos se supone que debieron haberse asimilado en el ciclo secundario de donde yo mismo egresé sin saber a ciencia cierta qué es una potencia, qué un logaritmo y cómo se resuelve un problema de tres simples.

Y conste que se nos van cinco años de vida en el esplendor de las posibilidades de aprendizaje. Y después, con el titulito secundario bajo el brazo andamos por el mundo preguntándonos qué será una célula y para qué servirá la raíz cuadrada. Y con esas bases, tampoco serviría de nada que alguien nos explicase por qué es tan grave este golpe de Estado en Honduras.

 

Alejandro Maciel, julio 2009.

 

 


Tags: Educación, falta de lectura, aprendizaje, enseñanza, constructivismo didáctico

Publicado por talomac @ 21:29
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