Domingo, 08 de abril de 2007

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En la escalinata del ?Hotel Neill? mariposean sombras andr?ginas desde el crep?sculo. Cuando la Due?a -un viejo marica amojamado, de palidez raqu?tica y voz de institutriz- se apresta toda neur?tica ovill?ndose los cabellos, la calle Tacuary es un r?o de barullos, motores, holl?n y cl?xones. Presagia el ajetreo de las mil y una noches trucidadas una por una con las aspas del desvencijado ventilador de techo del l?ving-room, que en su traqueteo rebana rodajas de luz y de sombras.
Amarilla, la trompa del taxi se comide aparcando junto al cord?n de la vereda, ronronea, tufa, tose carb?n; deja colar las voces de las pasajeras que discuten la tarifa del viaje. Se abren las puertas con un clac-clac cuando la Due?a -nervios?sima- junta las manos en una s?plica teatral como de santa jesu?tica, parada en el vano de la puerta.
-?Ya vienen, ya vienen las canallas! -dice, abriendo desmesuradamente los ojos como quien ve en sue?os su propia defunci?n.


COITUS INTERRUPTUS UNO

Turio: A ver, autor. ?Qu? significa esta funci?n de variet? dentro de mi historia?
Alejandro: Su historia es el texto del contexto.
Turio: No me vengas con esa jeringoza semi?tica de secundario. A m?, no. Sin m?, no hay novelita ?sab?s?
Alejandro: Quiero decir que antes que hablar de usted est?n hablando los dem?s con usted. Supongamos que Turio es el nudo, pero la madeja tiene atrapada m?s gente. No pretendo escribir su biograf?a.
Turio: ?Y qu? tienen que ver estos travestis en mi vida?
Alejandro: No me obligue a recordarle que usted visitaba cierto local lleno de locas.
Turio: ?Ahora somos moralistas tambi?n?
Alejandro: No. Cuando abrimos un cad?ver nos olvidamos del mal. Buscamos la enfermedad como algo natural, que est? a la vista. ?En la autopsia se descubri? un c?ncer? Podemos ser fatalistas y decir que el tumor mat? al pobre hombre. O podemos verlo como una carrera entre los tejidos normales y el tejido tumoral. Gan? el c?ncer 1 a 0. Eso es todo.
Turio: Segu? con tu historia, loco.

****** contin?a la historia de la histeria...

Toda cubierta, sepulta entre cajas cil?ndricas, entreverada al ras de telas que sisean y cuelgan, desembarca la Capona rezongando.
-?La mierda que sale un ojo de la cara viajar en esta porquer?a! -putea a diestra y siniestra con un gorjeo chill?n y acelerado.
El taxista mira lejos, como a otro planeta; cuando aspira el humo de su Camel, sube la papada rechoncha, traga saliva, tuerce un poco los mostachos sin decir nada -y para colmo, se?or, me hiciste saltar todo el camino que tengo las tetas por mi cogote.
-La calle est? destrozada -interviene D?borah, que oficia de maquilladora y contin?a arrellanada en el asiento delantero gesticulando mientras escarba en su monedero buscando cien guaran?es.
-?Hay, chicas, se hace tarde! -se desespera la Due?a, toda contrita y manoteando un aleteo como de albatros con el que apura. Compele. Apresura. Urge.
Hace una venia asomando los ojos bajo la mano izquierda para ver mejor. Cuchichea algo para s? misma.
Hecha una tromba, agitad?sima y al mismo tiempo oronda, portando una cabeza de telgopor -alto el cuello, modigliniano- que orna una peluca toda bucles y viboreos dorados, desciende del autom?vil la Coiffure. Cuando apoya el primer pie en la vereda ya se sabe que su taco alfiler punza el cemento.
Tras los portazos que sacuden el Peugeot -imp?vido, el taxista sigue fumando- bajan a cual m?s majestuosa y regia las ?tres manolas / las que se van al quilombo / las tres y las cuatro solas? a las que recibe la Due?a en el rellano, acusando con el ?ndice su reloj pulsera y agitando la otra mano, como quien se quema sin querer.


Mise en sc?ne


Todos los viernes el mismo rito: ya suben los pelda?os primero la Capona, despu?s la Cosmet?loga y por ?ltimo la Coiffure, bic?fala. Acuden a un pesebre donde no un Dios ser? hombre sino un hombre ser? mujer, madre de todos los dioses. Son tres reinas magas venidas del oriente de los bajos siguiendo la luz de una estrella ilusoria, de ne?n, trayendo la pericia y el ajuar para la Transformaci?n.
Adentro, nervioso, bebiendo un t? de boldo, aguarda hecho un ovillo el profesor Octavio frente a un espejo dorado que enmarca una corona de l?mparas de 40 w.
El Asistente de la due?a va y viene convidando un Tranquinal 2 (que no se le niega a nadie), caldo de gallina tibio en su cazuela de barro, vermouth a sorbos y alguna que otra golosina para acortar la espera de las azafatas.

-?Ya era hora, manga de tilingas! -reconviene el profesor Octavio cuando las ve llegar.
-?No sab?s lo que era el tr?fico! -se defiende la Estilista posando su cabeza port?til y empelucada en una consola donde la Due?a apronta el arsenal para el vituperio de las formas.
-?Empezamos el montaje? -inquiere, toda asustada.

Primero despojan la indumentaria del docente: la camisa blanca, la corbata azul, los pantalones de l?nea italiana, las medias, los mocasines, el anat?mico blanco.
Prestas, sol?citas, empiezan la conversi?n. Con la pinza digital -?ndice y pulgar- la Cosmet?loga ata un nudo gordiano que ahorca el glande del Profesor. Aplasta los test?culos entre las piernas contra el perineo, jala del pene que agarrota una piola y lo cruza por el puente de las nalgas; ata el extremo del p?jaro fl?ccido a un cintur?n de Hip?lita que la Estilista ci?? silbando polkas mientras la Capona, disimulando, peinaba una falda de seda.
-Ya est? -avisa la Experta- escondida el arma que delata; esto qued? m?s liso que una concha de verdad. ?Qui?n se podr?a montar con un falo malo, duro como un palo?
De una bolsa de hule tironean cinco medias bucaneras de nylon. Le enfundan las piernas depiladas al Profesor. Le enciman una tanga que en el orillo lleva pespunteado un hilv?n de encajes negros.
Con un refajo elastizado marca ?Sehorinha? le hunden una cintura. La Estilista -toda neur?tica, mordi?ndose las u?as- rellena un par de soutiens con trapos. Con hilachas. Con torzales y estopa completa la teta.
De una alacena hind? taraceada -tigres beben al lado de palomas en un oasis de palmeras- hurgan potiches. Destapan, a cual m?s alborotada, los cachivaches. Con un emplasto p?lido le untan la cara que blanquean ?ntegra borrando las cejas para volver a trazarla con un fino l?piz florentino, una pulgada m?s arriba y onduladas, a lo Marlene Dietrich.
Dibujan labios carnosos con un delineador color ladrillo y los rellenan a base de rouge que rutila como un frasco de cerezas. La Embellecedora, luego de rascar en su cartera, poniendo los brazos en jarra indaga:
-?Ya estuviste tocando otra vez mi neceser, maldita negra? -mirando fijamente a la Coiffure- despu?s una se vuelve loca buscando las pinzas de cejas, los invisibles, y las limas que me trajo el chino de Jon-Con.


(fragmento de introducci?n a "La pasi?n seg?n san ateo", novela de alejandro maciel
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Tags: Tres tristes travestis, pasión según san ateo, perversiones sexuales, novela sexual

Publicado por talomac @ 19:42
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