Domingo, 18 de marzo de 2007
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JOB, O LA DEPRAVACI?N DE LA JUSTICIA.

In memorian: a Fernando D?az Ulloque, un gran amigo a quien siempre extra?ar?. A Josefina Sevlever, a Ram?n Chavez. QEPD.

La historia a contarles podr?a ser abreviada de este lac?nico modo: la observancia de las leyes no garantiza a nadie una vida dichosa.
Si se me permitiese (qu? otro recurso le queda al lector o lectora, pobre gente?) la usura de restarle todo el sentido teol?gico al Libro de Job, texto irrefutablemente religioso, les pedir?a que me acompa?asen a hurgar su argumento para demostrar lo que digo: la ley no siempre ampara a quienes la observan, la justicia puede ser una trampa.

I

Hab?a una vez un hombre en la tierra idumea de la ciudad de Hus, puro de esp?ritu, incondicional a la obediencia de Dios siendo el m?s poderoso de los hombres del naciente. Este hombre se llamaba Job.
La abundancia de los bienes, que vienen y van le otorg? la felicidad que pueden garantizar las cosas ef?meras. Tampoco le falt? el respeto que pagamos a la numerosa servidumbre cuando nos rodea. El j?bilo acompa?? a su casa, su esposa, su hacienda que al pacer clareaba los valles; sus hijos y su alma.
Por las noches, meditaba tratando de descifrar en el mundo que lo rodeaba la escritura de ese Dios misterioso al que amaba m?s que a s? mismo; sin esperanzas de sentirse recompensado, ni saber si era amado o detestado m?s all? de sus propios dominios. Por un lado la vastedad del cielo que parec?a envolver la tierra con una galer?a interminable de luces y destellos. A la izquierda de la torre de Hus el ?rido desierto de piedras rojizas perdi?ndose entre caminos invisibles que en las siestas reverberaban como la llama de una alcuza. A la diestra, la llanura verdosa del collado umbr?o que se adivinaba en los olores de la noche, en los susurros de las palmeras en lo alto, en el crujido transparente de la hierba bajo el plenilunio.
Aquella noche Job, el hombre de Hus presinti? la soledad por primera vez, como un mensaje escrito en s?mbolos que est?n grabados en el desierto y en las ondulantes dunas, en la llanura esmeralda, en el curso sinuoso de las aguas que bajan por la pendiente, en el pedregal est?ril, en el d?a santificado por la luz y en la noche profunda de misterios. En todo ley? fragmentos de un mensaje cifrado y tuvo la inquietante sensaci?n de ser le?do al mismo tiempo. Despu?s, se durmi? para so?ar un arenal de dunas, un desierto de piedras y una llanura verdecida por la luz. Algo, o alguien (el sue?o como el de todos, era confuso y parco) lo condujo al desierto y en el desierto a una gruta socavada entre la roca donde se encontr? despu?s de instantes de angustia, con una mujer cuya serenidad invitaba al sosiego. Vest?a una larga t?nica blanca llena de pliegues que la suavidad de la luz marcaba tenuemente. ?Venimos del verdor y vamos al desierto?, salud? al sue?o de Job. Aunque la visi?n resultaba ben?fica, Job presinti? cosas aciagas porque lo que no dec?a la mujer lo dec?a el paisaje hosco de la caverna. En un rinc?n, goteaba agua. El eco incansable de las gotas se hizo insoportable igual que el viento de la desgracia que sopl? toda la noche desde el desierto.
Job tambi?n so?? con el trono del Cielo y a la criatura perversa negociando con el Alt?simo unas apuestas desconocidas.
Pas? la noche lleg? la alborada que despert? a la pesadilla a Job. El horizonte polvoriento trajo un jinete que se acercaba, sofocado. ?Tu hacienda y tus pastores han sido aniquilados por los sabeos durante la noche, soy el ?nico sobreviviente de la masacre y he venido a darte la noticia?. Job mir? el suelo y record? al instante dos abismos bajo las flores de loto en la ci?naga espesa: Behemot, la prueba furiosa del poder del Se?or.
El hombre mortificado se hundi? en sus recuerdos pensando que la justicia pide resignaci?n cuando vino otro mensajero: ?una lluvia de fuego cay? sobre tus peones y tu reba?o, s?lo yo pude salvarme para avisarte todo lo dem?s fue arrasado por el fuego?. Volvi? a Job la turbidez de aquel sue?o con sus juncos uniformes, la f?stula de bronce y la nasa, in?tiles ante la c?lera de Leviat?n, el monstruo que acecha en los humedales. Recordando el sue?o, volvi? a so?ar: la respiraci?n sofocante que incendia la noche, los ojos que paralizan a los inocentes, la coraza de piedra que defend?a el coraz?n invulnerable de la bestia.
Job se compadeci? de s? mismo; apart? sus ojos del resplandor del d?a que regocijaba el desierto cuando escuch? otro mensajero, otras penurias: ?tus hijos e hijas celebraban cuando el viento del desierto entr? por puertas y ventanas a derrumbar la casa donde com?an. Murieron todos, ?nicamente he sido salvado para informarte?.
Job cay? de rodillas desgarrando sus vestiduras mientras desde la pesadilla ascend?a Leviat?n del el abismo, haciendo hervir la ci?naga como si fuese una inmensa marmita; trillando los sembrados con su quijada inmortal a flechas y venablos. La ley del Se?or as? lo hizo.
Job, desamparado, cant? una alabanza:
?Tal como me entreg? la matriz, desnudo, al mundo / he de volver a estar sin oros ni atav?os: desnudo / prestada mi carne miserable, el cuerpo desgraciado / al que quita Quien dio sus desventuras: el destino?.

II

La eterna disputa en medio del Cielo reinici?. Todos los hijos de Jahveh, entre ellos Satan?s se delegaron frente al Digno de toda alabanza como dec?a su v?ctima en la tierra: Job, el justo.
?Ha visto la firmeza de mi hijo Job que permanece fiel a pesar del infortunio?
Piel por piel, insidi? el Tentador, hasta ahora has respetado su cuerpo pero escarmienta su hueso, hiere su carne y ver?s, oh Creador c?mo blasfema en tu propia cara.

Llovieron sobre el paciente Job ?lceras y ro?as que ensuciaron su piel desde la cerviz al calca?ar. P?stulas y diviesos se abr?an a la intemperie exudando un l?quido viscoso y purulento. In?tilmente imprec? la esposa y rogaron sus allegados cubri?ndose de cenizas como muestra de esc?ndalos y oprobio ante el pecado. Job, tendido en el suelo ?spero so?aba el bien con los ojos llagados por el mal.
?Recibimos de Dios la felicidad y hemos de rechazar los dolores?, pregunt?.
Volvi? su mirada resignada a la oraci?n porque pensar en Dios ya es una forma de alabanza. Invoc? las tinieblas de Leviat?n contra el d?a que lo vio nacer. Comprendi? que estaba solo porque el dolor no se comparte; se arrepinti? de todas las acciones que ofenden al Se?or, las pret?ritas y las futuras; de todas las intenciones que lo desobedecen y a?n de los sue?os imp?os. Se arrepinti? de la materia ineficaz de la que estamos hechos. Se arrepinti? del arrepentimiento. Y Dios lo tuvo por su mayor testigo en la tierra.
Pas? el tiempo, inexorable. Yahveh devolvi? sus bienes a Job; hacienda, casas, hijos e hijas, todo lleg? a superar en beneficios a lo expropiado por el mal. Curaron sus llagas y el precio del recuerdo hizo fortuna de todos sus infortunios. Larga fue su vejez y pac?fico su atardecer en el mundo.
Muri? Job entregando como todos, su alma al misterio y su cuerpo a la calamidad de la disoluci?n. Una luz excelsa llen? el tr?nsito y sinti? en s? la ingravidez de los esp?ritus donde cada hombre es igual a la multitud de los que lo conocieron durante una vida. Igual a todos los resplandores.
Tambi?n ante la Gloria se sinti? solo.
Vio la Tierra en la que los cuatro elementos primordiales est?n tejidos con tanta intimidad que ?nicamente lo percibimos cuando la muerte adormece nuestros sentidos; largos tramos de una hebra transl?cida que manufacturaban las Parcas, administradoras del tiempo humano, devanando y tejiendo sin cansar la madeja de las vidas que otros llaman destino y no es m?s que la manufactura de las tres viejas ancestrales. Una cadena de luz atada a los cielos , los hac?a girar a partir de una fuerza invisible. A su amparo se congregaban las diminutas esferas iridiscentes que, encajadas unas en otras, justificaban el infinito conc?ntrico del universo. El sigiloso paso de la Luna cruz? la ronda dejando el palor de las huellas como quien camina sobre arena mojada. Vio la Sirena lunar, mitad pez mitad ?ngel; escuch? su voz entonando las primeras melod?as de la escala arm?nica que corean las ocho voces de los ocho c?rculos y es la m?sica del cielo. Sigui? un esplendor m?s brillante que el de la arena reverberante cayendo a plomo sobre el sol en el desierto. Hasta el sol se afantasm? perseguido por la luz. La Sirena solar encant? el c?rculo con el cuerpo parpadeante como las llamaradas del crep?sculo al agonizar la luz diurna y despu?s vio aparecer a Venus y el sexto c?rculo que lo envolv?a. Escuch? la tercera voz del coro de las sirenas. Densas vaharadas de vapor o niebla ocultaban la marcha del astro mientras del lado opuesto se abr?a paso la voz vigorosa y monocorde de la Sirena de Marte que apareci? impregnada del color de fuego que emanaba su atm?sfera. Ten?a el cuerpo de p?jaro, record?ndonos que siempre aspiraremos a volar m?s alto que nuestro destino; acaso un halc?n gigantesco con las alas cruzadas delante del pecho y el rostro adolescente, de una belleza sensual que recordaba vagamente el de las ni?as perversas de la costa eritrea, las que jugaban con el sexo sin saber lo que hac?an convidando a los forasteros a coyundas indignas, propias de las famosas rameras babil?nicas. La criatura, espantosa de belleza fij? su mirada clara en Job y ?ste tuvo compasi?n del recuerdo de su cuerpo llagado por primera vez hasta que Marte la ocult? en uno de sus retrocesos antes de perderse en los confines del recinto rojo. Con el tercer c?rculo volvi? la serenidad en la blancura pac?fica, el inmenso J?piter y su Sirena blanca, mitad pez, mitad mujer que nos recordaba que alguna vez todas las criaturas salimos del mar. Vio la esfera cristalina que se desplazaba con lentitud arrastrando a la criatura p?lida y su canto. Del segundo c?rculo lleg? la otra nota de la armon?a celestial con Saturno, sus anillos y su Sirena encerrada en un cubo transparente del que solo emerg?a la voz. La visi?n, o su recuerdo (la muerte cesa la sucesi?n que nos hace pensar en un ?ma?ana? ?ayer? o ?despu?s?) se hizo vertiginosa frente al infinito que nunca ha sido visto, como Dios. En el primer c?rculo ondulaba la pared de estrellas fijas tan brillante que a?n los colores nunca vistos compet?an con el rojo, el verde y el profundo azul del fondo. Vio todas y cada una de las constelaciones en su lento movimiento eterno. Vio, una a una las doce casas del cielo: arqueros, leones, cabras, dragones, ovejas y mellizos de un jard?n perdido retratados en el mapa del cielo. La Sirena estelar daba la ?ltima nota al concierto del universo. En la eterna estancia, muralla de la fortaleza de cristal, las tres Hijas del cielo y la tierra tejen en silencio las vidas mezclando hilos del pasado con la luz del porvenir, vestidas de blanco las viej?simas hijas de Temis toman crepitantes hebras de tiempo y las devanan entre sus dedos huesudos creando la ilusi?n de los mundos inferiores: la fe de instantes que pasan definitivamente para ser reemplazados por instantes que vendr?n en su lugar. El tiempo no pasa, pasan las cosas inexorablemente porque la materia es sucesi?n como esas hebras crujientes que ellas deshacen y vuelven a moldear seg?n su antojo para entregar presente continuo, bien y mal que cada cual invierte a su manera. Cuando se confunden toman el eje de los cielos como huso y giran alguna de las esferas o detienen el curso de una trayectoria astral y de este modo, accidentalmente, fabrican el ?nico presente que est? fuera de la ilusi?n. Mediante este ardid han llegado a pensar que el tiempo es fuerza mec?nica.
Pese a todo, pasaron las tres Damas. Job, nuevamente solo, infinitamente solo, vio una puerta labrada con la precisi?n de un ge?metra en la morada sin l?mites donde las ocho voces del coro universal se convert?an en una alabanza profunda como la risa de un ni?o. Por el dintel se escapaban los destellos de una luz tan di?fana que no admitir?a sombra alguna; Job arrodill? su alma para rogar el primer y ?ltimo perd?n. Con temblor y esperanzas abri? la puerta. La luz lo encegueci? y al recobrar la visi?n, lentamente, busc? lo que esperaba sin hallarlo en el resplandor. No hab?a rastros de Dios ni se present?a Su presencia beat?fica porque en su lugar acechaba lo ominoso: dos ojos que quemaban, el humo denso, el aliento inficionando el aire. Vio ante s? a Leviat?n y Behemot de nuevo visitando su historia. Sinti? deseos de llorar.
Empez? de nuevo su oraci?n, antes de volver al desierto.

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LA T?MBOLA DEL CIELO



Cuando nos narran la historia de la creaci?n del mundo, cualquiera de ellas, se dice que Dios (o dios) vino a poner orden en el caos al fundar el mundo. No comprendo el criterio de ?orden? y de ?caos? de los mit?grafos pero mejor sigamos de largo antes de empezar a debatir sem?ntica, lo que nos obligar?a a gastar los diccionarios a mano buscando etimolog?as. Ya comentamos al hablar mal de Mois?s que a ?l se le atribuyen dos relatos de la creaci?n del mundo, dos de la creaci?n de la raza humana, dos del diluvio. No s? explicar esta duplicidad y duplicaci?n sino aceptando lo que dicen los acad?micos e investigadores: es posible que el Pentateuco sea en realidad una antolog?a o colecci?n de relatos que circulaban por las tribus sem?ticas y despu?s fueron recogidos en distintas relaciones. Cuando se recopilaron los textos quedaban dos opciones: eliminar una o publicar ambas. Si decid?an eliminar una, ?cu?l de ellas? Ante la duda, los pundonorosos levitas y rabinos optaron por publicar ambas para legar al futuro la elecci?n. Algo similar hace conmigo mi editora Vidalia y eso que ya pasaron m?s de dos mil a?os; pero evidentemente nada dura tanto como las costumbres editoriales.
Prosigamos. Ya hemos asociado (a fuerza de vincularlos) creaci?n y orden. Pero de repente leemos el Libro de Job donde Satan?s y Yahveh apuestan como si estuviesen en el bingo y no en un libro edificante. Si hay algo que se opone a la idea de orden es la idea de azar y para nuestra perplejidad en el cielo ordenado tambi?n cuenta el azar. Aqu? mi mente obtusa tropieza con una objeci?n: el azar necesita de nuestra ignorancia del futuro para funcionar. De nada valdr?a hacer una apuesta si por alg?n m?todo o triqui?uela yo pudiese advertir lo que suceder? ma?ana o pasado. Una sola persona capaz de ?presciencia? (que es el atributo de Dios capaz de conocer todo; desde el remoto pasado al invisible futuro) servir?a para invalidar la loter?a, las t?mbolas, quinielas y cualquier forma de apuestas o juegos aliados al azar ya que necesito un futuro imperfecto para organizar cualquier sorteo.
B?sicamente, la relaci?n entre Yahveh y Satan?s se reduce a una apuesta seg?n el Libro de Job: la eterna debilidad de la criatura humana frente a la pertinaz tentaci?n del deseo. Satan?s cree (?l tambi?n tiene su fe) que el fervor religioso de Job se debe a la abundante provisi?n de bienes que Dios le otorg?. Si Cristo es Dios como afirman los trinitaristas, la apuesta vuelve a repetirse en el desierto (Lucas, cap?tulo 4) ?A qui?n ofrece el poder temporal sobre la Tierra don Satan?s? ?A un hombre, abusando de su codicia desmesurada? ?A Dios, que ya lo tiene? ?Ignora que Cristo es Dios?
No obstante nuestras prevenciones, Dios y Satan?s apuestan seg?n el Libro de Job. Si Satan?s, que lo conoce, sabe que Dios puede anticipar el futuro, ?por qu? acepta una apuesta en la que lleva obvias desventajas? Para compararlo en t?rminos h?picos estimado lector, amable lectora; esto ser?a equivalente a un juego en el hip?dromo entre usted y yo en el que usted arriesga su dinero en el caballo ?Marsala? (el nombre es visiblemente postizo, nunca cri? animales de raza) de mi propiedad contra una apuesta m?a a otro caballo. Yo conozco mi equino, naci? y se cri? en mi caba?a, tengo el listado de todas las carreras que ya corri? y s? positivamente que de las 30 no gan? una. En cambio yo me arriesgo a un caballo desconocido y al menos tengo la ventaja de la duda de mi parte. ?Aceptar?an esta jugada? Pues Dios y Satan?s que son m?s inteligentes que nosotros, est?n jugando en el Cielo.
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TAXONOM?A EN EL ANTIGUO TESTAMENTO</span>



En el Libro de Job se menciona dos bestias fabulosas a quienes Dios pone como testigos insolentes de su poder: Behemot y Leviat?n. Los exegetas siempre propensos a buscar en la tierra lo que est? en el cielo de la mente de Dios han querido ver en Behemot al hipop?tamo, por su aspecto brutal y su estancia en la ci?naga entre lotos y juncos (interpretaci?n del Prof. Alejandro D?ez Macho) en tanto que Fray Luis de Le?n (?Exposici?n del Libro de Job?, edici?n de Fray Diego Gonz?lez, basada en la de 1779) opina que se trata del elephante. Pero no se agota aqu? el intento de verificar en la tierra una idea divina. Hay otros int?rpretes y otras bestias; personalmente prefiero traducir Behemot por Behemot entendiendo que se trata de una criatura creada ?nicamente en su forma, sin encarnaci?n material ni actualidad real, una idea divina retenida en la esfera del Cielo que no alcanz? a producir las defectuosas copias de nuestro mundo fenom?nico. Dios omiti? actualizarla dej?ndola como potencia pura en lo alto, convencido de que con la idea basta para amenazar. Si esta explicaci?n no satisface, ofrezco una segunda alternativa: Behemot fue (junto con el megaterio, los pterid?ctilos y otras tantas armazones de la paleontolog?a) un esp?cimen que no alcanz? a subir en el Arca de No? y fue exterminado por el diluvio universal que sobrevino seg?n estimaciones hace unos 10.000 a?os. Puede leerse con provecho el Libro de Job, 40:15 donde todav?a sobrevive el verdadero Behemot para seguir conjeturando a voluntad. En cambio, Leviat?n se impone desde las oscuras citas que lo invocan como una bestia ficticia propia de las faunas m?ticas a pesar de los ingeniosos argumentos del R.P. Alejandro D?ez Macho quien, en las notas marginales de la edici?n de la Biblia que dirigi?, supone que se trata del cocodrilo. Para el utilitarista Thomas Hobbes en cambio, se trata del Estado. [Leviathan, Or The Matter, Form, and Power of a Commonwealth Eccleasiastical and Civil (Leviat?n, o la materia, la forma y el poder de un Estado eclesi?stico y civil) libro que podr?a perseguirnos por las noches en forma de pesadillas considerando que anuncia dos pensamientos funestos para la sociedad: y la sociedad es una ].
Leviat?n es una voz hebrea que parece haber sido tomada de Lot?n que proviene del mito ugar?tico de la cosmogon?a sumeria. Antes de la creaci?n era Lot?n, la serpiente de siete cabezas (no se espante todav?a si es usted ofidiof?bico/a: volver? en el Apocalipsis con nueve) que es tambi?n un monstruo marino y el caos al mismo tiempo: como algunas palabras que usamos, los signos mitol?gicos tienen varios significados simult?neos. La inocente palabra ?vela? tiene al menos 4 significados en espa?ol y nadie se reta a duelo por discutirlos. Lot?n era el caos sumerio que gobernaba hasta el instante en que se inici? el Fiat lux. El perto de Ugarit en el norte de Fenicia en la costa de Siria (hoy Ras Shamra) frente a Chipre agrupaba siete lenguas (como las siete cabezas de la v?bora) en sus documentos primitivos. El mercantilismo propio de los fenicios la hizo cosmopolita en la antig?edad, no resulta extra?o que haya exportado a otras tierras el terror de sus divinidades y este contrabando pudo haber anclado en sus vecina Israel. Si bien Behemot es una patente del Libro de Job, Leviat?n figura tambi?n en Isa?as, 27:1 y en Salmos, 104:26. En el Diccionario de demonolog?a de Frederik Koning (Edit. Bruguera, Barcelona, 1974) el autor afirma que la tradici?n rab?nica considera a Leviat?n como dragones andr?ginos acu?ticos. Como hembra sedujo al padre Ad?n y como macho a Eva en el m?s famoso de los ?rboles hist?ricos sembrado en la Capilla Sextina gracias al cultivo de Miguel ?ngel. Fray Luis de Le?n en cambio opina que se trata de la ballena de los oc?anos como pensaba Melville quien en su novela monumental llama repetidamente ?Leviat?n? a Moby Dick y por extensi?n ?leviatanes? a las distintas ballenas que surcan los fr?os oc?anos. Dejando de lado estas especulaciones pensemos un instante que toda la fabulog?a colmada de bichos extra?os no es m?s que parte de la literatura, lo que no es poco o es equivalente a decir que son cr?as de un para?so perdido en la mente de Dios que no cesa de crearlos y recrearlos a voluntad para poblar circunstancialmente el sue?o humano. As? los habr? visto Job o as? se lo habr? dictado el Esp?ritu: en la realidad intangible de una pesadilla que a pesar de evaporarse con la vigilia inyecta en nuestra sangre el veneno del terror, infunde sobresaltos y sudores.
No ser?a honesto privar a quien lee de las versiones literarias de Leviat?n. Empezando por la b?blica del Libro de Job (40:25 y ss): ?Y a Leviat?n, ?lo pescar?s con anzuelos? / ?Sujetar?s su lengua con cordeles? / ?Pondr?s un junco en su nariz? / ?Una espina en su quijada? / ?Te suplicar? ?l? / ?Te hablar? con suavidad? / ?Firmar? un pacto contigo? / ?Lo tomar?s por esclavo? / ?Jugar?s con ?l como con un p?jaro? / ??Qui?n ha descubierto la delantera de su coraza? / ?Qui?n abri? las puertas de su rostro? / ?Sus dientes emanan terror! / Su espalda, son filas de escudos / que cierran un sello de piedra, / tan perfectamente ensamblados / que ni un viento los penetra. / Su estornudo hace brillar la luz, / sus ojos son como p?rpados de la aurora. / De su boca, salen antorchas, / se escapan chispas de fuego. / De sus narices, mana humo / como de una hirviente caldera encendida. / Su aliento enciende carbones / una llama brota de su boca?.
Y la versi?n en versos de Fray Luis de Le?n, mucho m?s efectiva que la traducci?n llana de la traducci?n de la traducci?n de Casidoro Reyna y Cipriano Valera que se ha hecho tan c?lebre a pesar de su indolencia:
?Podr?s al Leviat?n con red menuda / prenderle, y con anzuelo disfrazado / hacer que al cebo codicioso acuda? / ?Pondr?s en su nariz zarcillo osado, / o puedes atravesarle las quijadas / con duro garabato entresijazo? / Humilde, a lo que creo, y ya olvidadas / las iras, te suplica blando en ruego / con palabras graciosas y enmeladas: / De su libertad te hace largo entrego, / y jura no salir de tus prisiones, / hasta que al mundo lo consuma el fuego. / Como a p?jaro preso en los balcones / le tienes, de tu casa, por ventura, / y hacen con ?l fiesta tus garzones? / ?Har?s con ?l banquete en noche oscura / por dicha a tus amigos repartido? / por los trinchantes sobre tabla dura: / ?En redes como a pez lo habr?s asido, / en nasas que compone el mimbre verde, / en garlitos de junco l`has metido? / Yo f?o que escarmiente, y que se acuerde / cualquier que le tocare con el dedo, / de no trabar mas lid, que tanto muerde. / De su esperanza vana y su denuedo / trahido locamente y mal burlado, / ver? que de mirarle solo el miedo / le tiende por el suelo desmayado?. Conviene recordar lo que les dije acerca de Behemot: que era s?lo una idea de Dios sin encarnaci?n material, ya que bastaba con la forma para causar espanto. Fray Luis lo dice mejor que yo: ?De mirarle, el miedo basta para tenderles por el suelo desmayados?.
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EL SUE?O DE DIOS</span>


San Agust?n, obispo de Hipona, antigua ciudad de Numidia en Cartago, fue el primero que se arrepinti? de los sue?os pecaminosos. Si somos el sue?o de Dios como afirmaba el obispo Berkeley, ?no deber?a confesarse Yahveh? Si el sue?o es punible y somos Su sue?o, ni la Corte de la Haya con sus magistrados de una solemnidad un poco anticuada podr?an absolverlo. ?Qu? es, una vez m?s, este mundo fantasmal en el que entramos 8 horas diarias? La imaginaci?n que crea los sue?os es inagotable pero el repertorio de los acontecimientos esperables es relativamente reducido. Mecanizados obreros en el consultorio me relataban sue?os de mecanizados obreros; sin ser clasista, ni alentar la lucha de clases desde la cama creo que el horizonte cultural de cada cual determina en alguna medida los sue?os que puede so?ar. Por eso, muchos pueblos primitivos le dan el mismo valor a los acontecimientos del sue?o que a los de la vigilia. Una t?a que siempre vivi? en el campo me comentaba que estaba enojada con una vecina porque en sue?os la vio murmurando contra ella. Mi mente que siempre fue excesivamente racional a pesar del tumor que soporta, no alcanzaba a entender (yo tendr?a 10 a?os) c?mo una fantas?a pod?a afectar la vida real; pero mi t?a Audelina se manten?a en su posici?n de ?no negociaci?n? con la calumniadora on?rica. Si se recibe una orden en sue?os hay que cumplirla inexorablemente o abriremos una brecha entre el sue?o y la realidad y nada detesta m?s la mente primitiva que las oquedades, rupturas, grietas en los sistemas que se mantienen dominados gracias a su integridad. Intuyen que los sue?os expresan deseos secretos y que esta insatisfacci?n es tan perjudicial como un veneno; frente a las evidencias de la realidad, los primitivos optan por los sue?os en los que una fuerte emoci?n tiene m?s convicci?n que las pesas y medidas de nuestra f?sica newtoniana. A los pueblos llamados primitivos nunca pareci? importarles la interpretaci?n on?rica, reciben los datos como ?rdenes o advertencias que conviene cumplir o conjurar. En estas cosmogon?as hay alg?n cap?tulo que ense?a que los sue?os son anticipaciones duplicadas de la historia. Es decir, supongamos que sue?o que cae una tormenta y naufraga un barco inmenso lleno de peces. El viento, las olas agitadas, la ictiolog?a y la marina mercante ya est?n cumpliendo todos y cada uno de estos pasos que mi esp?ritu percibe mientras duermo. Cuando sucede, no es para cumplir una profec?a, no. Vuelve a instalarse en el ?mbito material el mismo estropicio que ya ocurri? en alg?n sitio inmaterial pero visible. Si alguno anuncia lo que ha so?ado y despu?s acontece, el visionario se legitima delante de su comunidad: evidentemente tiene ?ojos? preparados para ver esa especie de duplicaci?n de los acontecimientos. Si recordamos que los primitivos viven en una atm?sfera animista donde la magia forma parte del paisaje, comprenderemos que muchas veces el so?ador no acierta a determinar d?nde sucedi? lo que ha visto: ?fue en el sue?o? ?En el mundo real?
?Qui?n act?a durante el sue?o? ?Qui?n comanda la personalidad indefensa del que reposa tranquilamente ajeno a las maquinaciones de manipuladores profesionales? Algunos onirocr?ticos han llegado a suponer que un doble usurpa ?de facto? el gobierno de nuestra personalidad as? como los militares un buen d?a se apropiaban del sill?n presidencial en nuestras atribuladas rep?blicas. Si hace memoria, querido lector, amada lectora, recordar? que alguna vez so?? y se vio a s? mismo/a presenciando ?desde afuera? actividades que a su conciencia, al margen, invisible en la pantalla del sue?o, le indignaban. Usted misma, vista desde afuera como la ven sus comadres y amigas, se reprend?a. ?No es absurdo? ?Qui?n era en realidad usted? ?La voyeur que observaba o la t?tere que hac?a cosas reprensibles? ?Ninguna? ?Las dos? Ya vamos viendo que el problema del sue?o no es tan simple. Existen sue?os tan enigm?ticos que se duplican y multiplican en una galer?a fantasmal. Por ejemplo, so?aba que estaba durmiendo (lo que ya implica una metaon?risis) y que ven?a mi t?a Audelina a despertarme, pero despert? dentro de un ambiente netamente on?rico de nuevo, algo de m? reconoci? la distancia entre ese le?n junto a un ermita?o que escoliaba c?dices en una cueva monta?osa y la contundente realidad de mi barrio, mis ab?licos vecinos y la vereda tropical (por entonces viv?a a?n en Corrientes) donde uno pod?a encontrar de todo menos un le?n y un ermita?o. Si el mundo que so?amos es absolutamente ilusorio y se disipa al despertar como una pompa de jab?n, s?lo conserva un valor aleg?rico. Puede que a nosotros nos tenga despreocupados esta cuesti?n pero Descartes, que era visiblemente m?s inteligente que yo y carec?a de un tumor secuestrando ? de cerebro, escribi? algunas perplejidades en forma de preguntas; por ejemplo, ?qu? le pasar?a a usted si so?ara repetidamente con situaciones habituales en usted, que sale de la casa, que va a trabajar, que paga las cuentas y (no lo olvide) la factura de AFIP. ?C?mo har?a de aqu? en m?s para diferenciar entre sus recuerdos qu? es lo que so?? de lo que sucedi?? Mire si so?? haber pagado AFIP pero en la realidad no lo hizo. Los equipos inform?ticos, que son otra forma de sue?o, registrar?n el d?ficit pero esa misma noche usted podr?a so?ar que va a pagar la deuda. Las fronteras entre lo so?ado y lo realizado quedar?an borradas. Seguramente usted est? pensando que entr? a divagar; no tenga tanta fe, el primer caudillo de los ismaelitas musulmanes del siglo XI, don Hassan ben Sabbah llev? a un grupo de sus disc?pulos m?s j?venes a la fortaleza de Alamut (significa ?nido de ?guila?) que coronaba un risco para desalentar las visitas y asediado por el desierto. Hassan dec?a ser el hudsshet o reencarnaci?n del ?ltimo im?n y en este retiro inh?spito, en erg?stulas polvorientas drogaba con c??amo indio a sus secuaces y despu?s los hac?a trasladar a un jard?n delicioso acariciado por el ?nico arroyo que serpeaba en medio de la inmensidad del desierto persa. Una vez en el oasis los ac?litos se encontraban en un vergel rodeados de frutas, bellas mujeres envueltas en sedas con quienes consumaban los alimentos terrestres: buen vino, copiosas comidas y sexo a discreci?n. Hundidos en el sopor de la fatiga eran conducidos nuevamente a la fortaleza donde despertaban en la misma celda polvorienta donde se hab?an quedado dormidos. El Viejo de la monta?a (Hassan, lleg? a vivir 90 a?os) les explicaba que hab?an so?ado y que ?sa era la vida que los esperaba en el Para?so. Desconsolados, los disc?pulos se congregaban entre las almenas de la fortaleza todas las tardes y meditaban observando el paisaje mortal de aquella zona reseca y ?rida. Los secuaces (llamados los tomadores de hash?s, o hashish?nes de donde viene la palabra asesino) recib?an entrenamiento militar y si bien aceptaban que tal sue?o pod?a llegar a ser real, jam?s confundieron la realidad con un sue?o y asolando la regi?n engrandecieron el poder del Viejo de la monta?a llegando hasta Siria donde un siglo despu?s se enfrentar?n con los Templarios. Si los fines pol?ticos de expansi?n territorial de Hassan parecen nefandos, y sus m?todos, crapulosos, queda salvado por la fe ismaelita que profesaba: los Seis Querubines de la Creaci?n recibieron la misi?n de cortar la cadena que ata a la humanidad a la historia c?clica y esto se conseguir? reci?n el d?a en que la Tierra tenga un solo reino sin enemigos y no tal como est? distribuida en parcelas hostiles y taifas que a la menor provocaci?n generan crueldades y guerras. ?No es un derroche de bondad?
En otro sue?o el Viejo de la monta?a descubri? que Seth fue expulsado del Para?so junto con Ad?n y Eva pero regres? y volvi? a la Tierra con tres semillas del ?rbol que trajo nuestra perdici?n. Las sembr? en las laderas del monte Horeb y segu?an firmes en tiempos de Mois?s. El rey David los hizo transportar a Jerusal?n, pero solo sobrevivi? uno y bajo su fronda escrib?a los salmos. Fue derribado el d?a en que Jes?s maldijo la Ciudad Sagrada y con su madera se hizo la cruz que llev? al pat?bulo entre la muchedumbre que lo escarniaba. Cuando leemos estas historias casi encantadas, nos preguntamos de inmediato: ?por qu? mis sue?os se reducen a parientes, amigas, gatos, camisas y manuales de psiquiatr?a?
Este mundo fant?stico y fantasmal del sue?o siempre resulta inquietante, pocas veces agradable muchas veces aterrador ya que las leyes que rigen su mec?nica nos son desconocidas o escamoteadas. Esto nos vuelve indefensos en contraste con el mundo de la realidad, del que creemos saber un poco m?s.
No faltan las historias en las que gente de carne y hueso afirma haber so?ado con un objeto que despu?s encontr? en su cama . Cierta antigua amiga m?a frecuentadora del Merlot me coment? que hab?a estado bebiendo en la cama y so?? que Pap? Noel le entregaba una botella de Merlot. Cuando despert?, ten?a en la mano el corcho de aquella botella m?gica. Como usted lo habr?a hecho, reaccion? de inmediato: ?un momento, si hab?as estado libando en la cama, seguramente era el corcho de la botella que terminabas de beber? No, me dijo al instante, exponi?ndome dos corchos; ?ste es el de la botella que estuve tomando ?y este otro?, me pregunt? izando en lo alto un tap?n. Yo qued? mudo. ?Nada m?s ni nada menos que el bonach?n de Pap? Noel fomentando el alcoholismo!
Nada supe responder a esta milagrosa duplicaci?n de alcornoques y mucho menos ofender a mi amiga dici?ndole que si busc?bamos bajo su cama no solo encontrar?amos corchos, botellas, tirabuzones, copas y vasos sino hasta es posible que a esas alturas ya estuviera viviendo alg?n bodeguero. El sue?o, dice un im?n y repito es ?el crimen sin testigos? no hay soledad mayor que la del so?ador, es el ?nico que percibe esas im?genes fumosas, ciegas, sordas que el yo usurpador se empecina en copiar noche a noche. Ya sabemos que el Psicoan?lisis tiene otra teor?a: es la misma personalidad la que se escinde durante el trabajo del sue?o. Por un lado los instintos del ello buscan salida y para burlar al yo extorsionado por la conciencia, necesitan disfrazarse para subir desde el s?tano. El deseo reprochable de ahorcar o degollar a mi cu?ado se disfraza del sue?o de su fiesta de cumplea?os y mi civilizado yo regal?ndole una corbata sabiendo que mi conciencia moral le est? apuntando detr?s del cortinado. El siempre original Artemidoro nos cuenta que en la antig?edad, cuando el rey quer?a una predicci?n hac?a dormir en una misma habitaci?n a 10 ? 15 personas para interrogarlas al despertar. Si m?s de 3 hab?an so?ado lo mismo estaban ante un ?sue?o pol?tico? y las decisiones del Estado depend?an de esas peripecias habidas durante la promiscuidad de un descanso con 14 personas al lado. Uno puede so?ar que se despierta de un sue?o pero sin embargo seguir so?ando; es como abrir una puerta que en vez de dar a la calle nos lleva a una nueva puerta y una nueva habitaci?n. Esto se puede multiplicar interminablemente; un primo m?o, reconocido holgaz?n siempre dec?a (tal vez haya sido cierto) que cada vez que iba a despertar, so?aba que se dorm?a nuevamente y con ese cuento se pas? la adolescencia en una especie de ?xtasis narcol?ptico. Es curiosa la afirmaci?n taxativa del mundo isl?mico en relaci?n a los sue?os de Dios. He le?do muchas narraciones, historias, cuentos que invariablemente est?n encabezados por cierta f?rmula: ?S?lo Al? es omnisciente, eterno, misericordioso y no duerme?, como si el acto de dormir fuese una especie de debilidad humana. Qu? pena que Al? se privara de la dicha de so?ar, tal vez eso explique su car?cter irascible e impaciente. Por eso, el d?a que recupere mi fe volver? al Cristianismo donde tengo al menos 70 sectas o religiones donde escoger y adem?s, el obispo Berkeley me jura que Dios duerme y me suministra la prueba: nosotros somos Su sue?o. No lo despierten, por favor.


de: Alejandro Maciel [email protected]

Tags: ficciones de la Biblia, alejandro maciel, Job los dolores del justo, Dios y la justicia, Leviatán y Behemot, el sueño de Dios, mundo de los sueños

Publicado por talomac @ 20:51
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