S?bado, 29 de agosto de 2015

ACTO UNO

Aspecto de sala prolija, de consultorio, con paredes claras, tres cuadros originales, un retrato de Freud como presidiendo el escritorio del psicoanalista, que estará sentado en un sillón recto. El paciente, sentado enfrente, tendrá uno de esos sillones que se recuestan y pueden girar de dirección con un movimiento. El analista (Dr. Stokermann)  tendrá aspecto bien atildado, es un hombre de unos 40 a 50 años, con gestos precisos, secos, austeros como de alguien que mide cada movimiento porque, tal vez, teme delatarse.

El paciente (Guillermo Urquiza) tiene el tipo de un hombre bastante práctico, sus ágiles y continuos movimientos contrastan con la quietud casi hierática del analista. Viste con ropa de marca pero informal, tiene la camisa desabrochada en los tres primeros botones. Pantalones de marca, cuentaganados, pañuelo al cuello, gorra como de ruralista entrerriano.

 

Guille:             Me gusta sentirme seguro en el mando, doctor

Dr:                   ¿Sabe por qué?

Guille:             Una empresa funciona solo si la cabeza piensa y el resto del cuerpo obedece, yo debo ser como Dios: tengo la obligación de pensar. Continuamente.

Dr:                   Puede pensar…estamos aquí para eso

Guille:             ¿Aquí? Aquí no hay garantías… ¿Dijo que estaba enojado con usted y por eso me las agarré con ese vecino del campo? ¿Eso me dijo la última sesión?

Dr:                   En base a lo que me contó…

Guille:             Jamás lo involucré a usted en todo este asunto.

Dr:                   Es como si le molestara…

Guille:             Es verdad, (Lo mira alejándose un poco) el vecino se le parece; (Cambia el tono) el tipo me tiene los huevos al plato, hace meses viene reclamando una nueva mensura de los campos, ahora me mandó un abogado, un tipo de esos que andan con valijitas y anteojos Ray Ban, bah, un mafioso de despachos jurídicos, esas cosas, usted me entiende

Dr:                   No del todo…

Guille:             ¡Bueno! Esos tipos que aparecen con un papel y detrás ya vienen las demandas y las citas al juzgado, ya pasé en otros momentos por eso

Dr:                   ¿Tuvo otras causas?

Guille:             Tres. No sé por qué se las agarran conmigo, a uno lo cagué a trompadas; ésta te llega más rápido que la sentencia, le dije (Se ríe, el Dr. queda serio y mira hacia otro lado como si le fastidiara eso) Tengo todo en orden, pago mis impuestos, pago a cada empleado de la empresa del 1 al 3 de cada mes. Todo funciona a la perfección, entonces, ¡que no me jodan las pelotas!

Dr:                   Eso lo alivia. ¿El resto se resuelve a trompadas, entonces?

Guille:             Yo no dije eso…usted está diciendo. Usted es el dueño de las palabras acá. ¿Sabe qué?: me hace sentir incómodo muchas veces, siento que tengo que pesar cada palabra que le digo.

Dr:                   Y tal vez debería pensar en las que no dice también…

Guille:             No soy dueño de nada. Me defiendo de esos caranchos que me quieren arrancar el campo que heredé de mi padre y usted me dice que todo lo resuelvo a trompadas. Eran tres, le recuerdo, a uno solo  le pegué. Pero usted no quiere saber por qué. Piensa que soy un tarado que anda repartiendo piñas a diestra y siniestra por cualquier motivo.

Dr:                   Adelante, parece que quiere justificarse, dígame por qué pegó a ese señor

Guille:             ¡Señor!, ja. Señor era el padre de ese malandra, éste es…

Dr:                   ¿Qué es?

Guille:             El tipo vino un sábado al entrar el sol. Esa hora no me gusta. Desde chico me siento mal al atardecer. Y justo cae el fulano con una demanda. Un papel que me hizo flamear delante de los ojos como si yo fuese ciego. “Solamente falta la firma del juez para expropiarte ese recodo donde está el tajamar que vengo reclamando hace seis años”, me dijo con risotadas.

Dr:                   ¿Tenían algún pleito judicial?

Guille:             Sí, me venía reclamando una parte del campo. Mi abogado ya me había dicho que esa causa era todo un tejemaneje… esas cosas raras que hacen en los juzgados… ponen excusas, que falta una firma, que ese papel no es el original, esas artimañas para dejar pasar el tiempo y la causa muera ahí porque vencieron todos los plazos. Alguien le habrá engañado al gringo bruto y le hizo creer que tenía la vaca atada. ¡Pelotudo! Venir a fregarme un papel en la jeta delante de mis hijos. Ahí le calcé la piña y lo mandé a la reputa, ¿me entiende ahora?

Dr:                   No

Guille:             (Desconcertado) ¿Qué parte no entiende? ¿Cree que voy a dejarme humillar frente a mis hijos varones? ¿Que crean que soy un cagón?

Dr:                   No entiendo por qué, sabiendo que era el ganador, ataca como si fuese el vencido

Guille:             Mire, nunca supe muy bien cómo es eso del premio al vencedor; pero el tipo me vino a atropellar en mi propia casa, frente a mi familia. En el campo eso no se admite, doctor. ¡Es una afrenta! (Alza la voz)

Dr:                   (Muy calmo) No estamos en el campo…

Guille:             Sí, disculpe, de repente se me vino a la mente ese tipo.

Dr:                   ¿A raíz de qué?

Guille:             Él tampoco me entendía, como usted. Parece que soy un bicho raro. Mi hermano me discute todo, mi esposa… no sé, siento que me detesta en el fondo, mis hijos hacen su vida… y mi padre…

Dr:                   ¿Qué pasa con su padre?

Guille:             Papá no me entendía…era un gran tipo, un poco flojón, pero buen tipo. Tampoco se hablaba con el hermano y todo por el nombre del padre.

Dr:                   ¿Eso le afectaba?

Guille:             ¿A él? Pero claro que lo afectaba. Trataba de disimular…

Dr:                   A usted… ¿lo afectaba de alguna forma?

Guille:             En mi familia hay cuentas pendientes, doctor. Viejas cuentas que son como los intereses del banco. Cuanto más tiempo pasa, pesan más y más. Es una carga de la que no nos podemos librar.

Dr:                   ¿Por qué mencionó bancos?

Guille:             No sé, era una forma de comparar, pero también mi hermano… (Se detiene)

Dr:                   ¿Qué pasa con su hermano?

Guille:             El problema con mi hermano empezó con el banco. Habíamos vendido una propiedad y depositamos toda la guita en el banco. Dos años después fuimos a retirarla para hacer una inversión. Cero intereses. El tipo iba rescatando todos los meses los intereses sin avisarme, ¡dos años viviendo de mis ganancias! Desde chico fue ventajista y canalla, pareciera que la gente solo cambia para empeorar con los años.

Dr:                   Qué pasaba cuando eran chicos, ¿me puede aclarar más eso?

Guille:             Jugábamos a correr para alcanzar metas, la meta era un rebenque de papá…

Dr:                   ¿Rebenque? ¿Es una especie de fusta, no?

Guille:             Sí, doctor, a veces me olvido que en esto del campo yo soy el que más sabe, bueno, en algo merezco alguna ventaja. (Se ríe)

Dr:                   Parece que le molesta no tener todos los controles

Guille:             Igual que usted… los psicoanalistas se pusieron en el lugar de Dios: todopoderosos en medio de su silencio, doctor. Se creen invulnerables porque están callados y no se comprometen hablando…como Dios

Dr:                   ¿De verdad piensa eso?

Guille:             Pienso mucho más de lo que usted calcula. Pienso y leo, dos cosas que no se ven de afuera. Mi hermano…no, ¿para qué?...

Dr:                   ¿Su hermano qué? Recuerde que no había que filtrar ningún pensamiento, ése era el pacto

Guille:             Pacto, ¿vió?, ya habla como Moisés en el Sinaí. Otra torá. Mi hermano siempre hacía trampas, pequeñas y miserables trampas para quedarse con el premio: la fusta de papá, que era una reliquia de familia con el mango de plata.

Dr:                   ¿Conservan reliquias?

Guille:             Muchas, bueno, yo colecciono cosas pero estas reliquias que tienen valor histórico las valoro mucho. El pasado está ahí. Dicen que había pertenecido a Urquiza. A Justo José de Urquiza, supongo que le suena…

Dr:                   Sí, el vencedor de Caseros, el que fue presidente…

Guille:             Y Cepeda…y Pavón, por favor no se olvide de eso: Urquiza, nuestro ilustre antepasado venció a Mitre en Cepeda y después en  Pavón, dos veces derrotó a la orgullosa Buenos Aires. Tres, si contamos Caseros. Mi hermano siempre me discutió eso, decía que Urquiza fue un cobarde, flojo, un débil por no exigir el trofeo. Ganar la batalla y perder el premio.  Decía que yo era igual: vencía y abandonaba la recompensa por orgullo. Y él, con trampas, buscaba la forma de demostrarme que la meta era el premio, de cualquier forma. Sea como sea.

Dr:                   ¿Y qué sentía usted?

Guille:             A veces, que era un perfecto boludo, doctor. Creo que es verdad: el premio es lo que se ve, la victoria es…algo aéreo, abstracto, no sirve para demostrar a los demás si no hay un bien material. Y recuerdo que a veces soñaba con ese juego: hacerle yo la trampa para quedarme con el rebenque de Urquiza.

Dr:                   ¿Le reconfortaba eso? ¿Pensar que ganaba aunque fuera de un modo torcido?

Guille:             ¿Acaso él respetaba las reglas? Nunca respetó ningún mandamiento mío y en el campo la palabra del hermano mayor vale casi tanto como la del padre, doctor. No sé si comprende bien eso, nuestras tradiciones ponen por encima de todo el nombre del padre. El hermano mayor viene después, son códigos antiguos que mantienen la autoridad. Acá en la ciudad ya se degeneraron todos, les importa un carajo lo que piensan los mayores. Ni a los padres respetan.

Dr:                   (Suena un timbre) Bien, es la hora, termina nuestra sesión, ¿qué me diría para cerrar todo esto hoy?

Guille:             Como siempre, el vacío. Tengo las cosas resueltas dentro de la cabeza pero no salen de ahí. Mi mujer siempre está borracha y mis hijos huyen de la casa. Yo también quiero huir pero no hay dónde ir. Nada. 




Publicado por talomac @ 20:33  | Literatura
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